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Miércoles, 16 Mayo 2012 00:42

Retrato de un renacentista

A cincuenta años de su primera publicación, acaba de reeditarse La región más transparente (Alfaguara), quizás la novela más destacada del autor de Gringo viejo y una de las más sobresalientes de la narrativa en español del siglo XX.
Tomás Eloy Martinez analiza en este texto, publicado originalmente en francés, en los prestigiosos Cahiers de I´Herne , la importancia literaria del escritor mexicano y el papel que éste desempeña como intérprete y profeta de las aspiraciones latinoamericanas. La voz de Fuentes ha pusto siempre en primer plano, sin dogmatismos ni mordazas, los problemas y ambiciones de Iberoamérica.
 
El siglo XX está poblado de intelectuales emblemáticos. Ninguno de ellos ha reflejado tan bien como Carlos Fuentes las atmósferas, los humores, las obsesiones y los cambios de piel de América latina. No es por condescendencia o por instinto que, en los Estados Unidos, los senadores, los editores de periódicos y los diplomáticos subrayan con lápiz rojo los escritos políticos de Fuentes ni es por rendirse al magnetismo de su lenguaje -elegante, preciso, henchido de ideas como un viñedo en las semanas de cosecha- que las opiniones de Fuentes son citadas tan a menudo en los despachos de los ministros de Cultura de Francia, España y el Reino Unido, al tiempo que las repiten las páginas de Le Monde y Libération , de El País y The Guardian . Desde hace más de treinta años los centros de poder y de opinión perciben que América latina se expresa por boca de Fuentes y que los deseos apagados del continente, los delirios amordazados por la sensatez, así como el afán de justicia, los sueños insatisfechos, los miedos milenaristas, el mestizaje, la mulatería, los duelos interminables de la civilización y la barbarie, todos esos magmas de lo que se entiende, mal o bien, por identidad latinoamericana han encontrado siempre en Fuentes a su vocero y su profeta. De tanto en tanto, América latina suele "pasar de moda" -como se dice frívolamente- en los países industriales. Las ideas de Fuentes, no: siempre consiguen reabrir discusiones que ya se daban por clausuradas.
 
En el primer número de la revista Mundo Nuevo , el aún joven novelista, que acababa de publicar Cambio de piel , dio a conocer un credo intelectual del que nunca abjuraría. Para que la palabra sea "reveladora y liberadora", decía entonces, debe también ser disidente. "Nuestras grandes enajenaciones son el paternalismo y el personalismo: la abdicación y la expectativa. Vivimos ansiosos de que nos protejan. El escritor de derecha, obviamente, por los poderes constituidos. Lo malo es que el escritor de izquierda, con demasiada frecuencia, también se protege bajo una sombrilla ideológica que lo exime de pensar con independencia, se disfraza con el decálogo del apocalipsis venidero y deja de escribir, de someterlo todo a juicio a través de la palabra y de la imaginación, que es nuestro mester."
 
Treinta y cinco años después, en En esto creo -su mayor obra de pensamiento y a la vez uno de sus grandes libros-, Fuentes dirá más o menos lo mismo, aunque ahora con el acento de un clásico: "Libertad es la búsqueda de la libertad. Nunca la alcanzaremos completamente". A las certezas de la juventud siguen las dudas de la madurez: el universo puesto en duda; la realidad, también, puesta en duda. "La revolución, a veces, es la fidelidad a lo imposible."
 
Enarbolar las banderas de la herejía, asumir el lenguaje como único medio de acción y no la acción como único lenguaje, desacatar, incomodar, mostrarse insatisfecho, antiprovidencial: tales han sido siempre, para Fuentes, las consignas irrenunciables del escritor latinoamericano. La historia ha dado muchas vueltas impredecibles, las grandes causas han cambiado de signo pero, ante todas esas mudanzas, Fuentes ha mantenido siempre los mismos principios. En nombre de ellos defendió la revolución cubana durante la década del 60 y se alzó contra la guerra de Vietnam y la invasión de los marines a la República Dominicana. La misma intransigencia contra los dogmas y el autoritarismo determinó que le volviera las espaldas a Fidel Castro después de las diatribas que éste lanzó contra los intelectuales en marzo de 1971, punto casi final del escandaloso "caso Padilla". Y fue por preservar intactos sus ideales que renunció como embajador de México ante el gobierno francés, cuando el presidente Luis Echeverría encomendó la embajada en Madrid al ex presidente Gustavo Díaz Ordaz, responsable mayor -según se creía entonces- de las matanzas de Tlatelolco. Nadie más alejado que Fuentes del conformismo político, como lo prueban las invectivas que suscitó su adhesión a la causa del sandinismo en la década del 80 y la renovada fe en el papel crítico del socialismo que siguen expresando sus discursos. Ningún otro latinoamericano, tampoco, ha refutado con tanta inteligencia las insensateces imperiales de George W. Bush, cuya idea de la "democratización universal" es una perversión de la palabra democracia, según lo demuestra Contra Bush , su libro más militante.
 
En todas las sinuosas vueltas del siglo xx y en lo que va del XXI, Fuentes no incurrió en una sola contradicción ideológica. Aferrado al palo mayor de sus principios, mientras la tempestad rugía por los cuatro costados, se mantuvo fiel a las mismas ideas de la juventud. Hizo repetidas profesiones de fe contra el servilismo, la explotación, el autoritarismo, los dogmas, el provincianismo, las teologías políticas y económicas. Y se pronunció a favor de la autoderminación de los pueblos, de la democracia, del derecho de los latinoamericanos a bañarse en las aguas de todas las tradiciones culturales ("Puesto que hemos sido los últimos en llegar, la cultura de cualquier parte es también nuestro patrimonio"). Apoyó los desacatos del lenguaje, vinieran de donde viniesen, los alzamientos contra el conformismo literario, la duda metódica ante cualquier verdad indisputable.
 
Hubo un momento, a mediados de los años 80, en que Fuentes parecía estar en todas partes: justificando la loca imaginación latinoamericana, desenmascarando el cinismo que Ronald Reagan había entronizado en la Casa Blanca, estimulando a los lectores de The New York Times Book Review a sumirse en los laberintos de las grandes novelas de Augusto Roa Bastos o de Fernando del Paso, con una generosidad rara entre los escritores de primera línea. Se lo veía también prodigarse en las universidades grandes y pequeñas de México y Estados Unidos para abrir las puertas de la lengua española y contribuir a que los infinitos dones de la inteligencia latinoamericana fueran redescubiertos.
 
Por la originalidad y honestidad de lo que decía, acabó convirtiéndose -sin que él lo buscara y sin que casi se diera cuenta- en la conciencia estética y el emblema moral de América latina, en el termómetro con que los poderes de cualquier signo medían las temperaturas del continente. El novelista que había encandilado a dos generaciones con los fantasmas de Aura , con el ascenso hercúleo de Cortés al Popocatépl en Terra Nostra y con las zancadillas políticas sin fin de La Silla del Águila parecía haber descubierto la perdida piedra filosofal de la América precolombina: el arte de transformar a las multitudes por la hipnosis de la palabra. Como no estaba comprometido con otra causa que no fuera la de sus convicciones ni tenía más ambición que la de mantenerse leal a sí mismo, las ideas de Fuentes fueron atentamente seguidas tanto por senadores ultramontanos como Jesse Helms -uno de los conservadores más extremos de los Estados Unidos- como por el eterno Fidel Castro. Los reyes de España y el primer ministro Felipe González lo invitaban a cruzar el Atlántico en sus aviones para discutir el lenguaje común con el que España y la América española podían hablarle al planeta en las décadas por venir, y los presidentes de México no se perdían ni una sola de sus advertencias sobre las hecatombes de la venalidad política y los riesgos de la integración con los vecinos de más al norte. Fue el rey Juan Carlos quien lo ordenó caballero de la lengua castellana en Rosario, Argentina, cuando citó -él, que es tan parco en dar nombres propios- a Fuentes y su feliz expresión "Somos todos hijos de la Mancha". Eligió esa frase porque resume un linaje, un mandato, y también un símbolo: respiramos el mismo idioma y soñamos el mismo sueño redentor de Don Quijote.
 
Interesado por todo lo que tenga el aroma de la vida (¿acaso no dijo él alguna vez, en los remotos años 60, que "se escribe con todo lo que está vivo para uno: el amor, la violencia, el sexo, las drogas, la pérdida, la familia, el trabajo, la derrota"?), Fuentes es el último de los renacentistas en un continente intolerante con los renacimientos. Al despuntar el año 2000, concibió la idea de reunir en un foro de discusión constante a los más importantes políticos, hombres de empresa e intelectuales de América latina, España y Portugal. Por primera vez, seres lúcidos con intereses a menudo antagónicos se encerraron en un mismo ámbito -primero en la Ciudad de México, luego en Buenos Aires, Toledo, Campos de Jordao en Brasil y Cartagena de Indias- para cotejar puntos de vista sobre temas tan sensibles como las relaciones de los países del área entre sí y con los Estados Unidos, las derivaciones sociales de la economía de mercado, la corrupción, los gastos militares, los declives de la educación y la salud. Lo que Fuentes bautizó como Foro Iberoamérica se convirtió en una formidable máquina de pensar una realidad aquejada por disputas históricas y recelos nacionales, hasta convertirla en una curiosa fraternidad de ideas. La institución, ahora perdurable, acaso prevalecerá como una de las mayores creaciones de Fuentes y, a la vez, como la más insólita reunión de personajes sin tiempo libre que entregan más de tres días de su vida, todos los años, al acto puro de reflexionar sobre el continente sin otro interés que ese: descubrir otras miradas inteligentes sobre un mismo paisaje.
 
La indomable energía de Fuentes, lejos de menguar con los años, se multiplica. Desde 1991 ha publicado una docena de obras, entre las que están algunas de sus novelas más notables. 1991 deparó La campaña, una formidable exploración del siglo XIX -que puede también leerse, igual que Terra Nostra y Cristóbal Nonato , como una interrogación a las claves del Milenio naciente-; en abril de 1993 dio a conocer los relatos de El naranjo o los círculos del tiempo , en los que juega diestramente con los puntos de vista y los pronombres personales. En 1992 dio a conocer El espejo enterrado , que se interna en las fuentes de la cultura precolombina para interrogar el presente. Del 2003 es su monumental reflexión sobre la pintura, Viendo visiones .Hacia 1994 terminó los relatos de La frontera de cristal , al mismo tiempo que publicaba Diana o la cazadora solitaria , una de sus ficciones más complejas. Siempre hay uno o dos libros de él asomándose en el horizonte, por lo que no hay inquinas ni elogios capaces de darle alcance.
 
"La escritura de novelas largas me deja exhausto", dijo Fuentes a comienzos de la última década del siglo XX, luego de pasar revista a las 570 páginas de Cristóbal Nonato , las 550 de Cambio de piel y a las casi 800 -muy apretadas- de Terra Nostra . Y sin embargo, ya estaba trabajando en la red de historias sin fin de Los años con Laura Díaz , que se extienden en 600 páginas de caja grande. Publicada once meses antes del fin del siglo, esa obra maestra es un acabado resumen del país que asistió a la agonía del porfiriato, a la revolución de Villa y de Zapata, a las luces de los emigrados españoles y latinoamericanos y a la oscuridad de Tlatelolco. Como en La Silla del Águila (2003), otro prodigio de arquitectura narrativa, el tema central es el tiempo, pero el tiempo de México, es decir, un tiempo cíclico, a menudo inmóvil: un perpetuo regreso a los pasados. En Tiempo mexicano , Fuentes se preguntaba si "podemos, simultáneamente, hacer presentables todos nuestros pasados y utilizarlos para la comprensión y la justificación tanto de la vida como del orden externo de las cosas". Es decir, si es posible rehacerse, reconstruirse, recuperarse. No siempre la respuesta es la misma: el tiempo se mueve, y la dirección en que lo hace -la ilusión constante es que se mueve hacia adelante, pero a veces no es así- determina la redención o la perdición.
 
La edad del tiempo ha llamado Fuentes a la gran comedia humana de sus ficciones. Y edad, allí, significa también identidad. En el vaivén de las parejas, en el juego incesante de la pasión, advierte que somos lo que somos, pero a la vez somos otros cuando se nos sitúa en relación con alguien. En otra de sus grandes novelas, La muerte de Artemio Cruz , ese ajedrez de la identidad es nítido. Artemio muda de piel cuando está con Padilla o con Catalina, y vuelve a mudarla con su hijo Lorenzo. Los otros, como el tiempo, nos rehacen.
 
Conocí a Carlos Fuentes en Buenos Aires, la primavera austral de 1962, cuando él volvía del Congreso de Intelectuales organizado por la Universidad de Concepción, en Chile. Allí había deslumbrado a todo el mundo, desde Pablo Neruda hasta el arisco José María Arguedas. Lo recuerdo de pie en un frágil balcón de la calle Arenales, en el séptimo piso de un departamento elegante, a la caída de la tarde, admirando las espaldas de una mujer espléndida que escuchaba, extasiada, una disertación de Ernesto Sabato sobre la decadencia de la novela francesa. Junto a Fuentes estábamos Augusto Roa Bastos, Enrique Pezzoni, José Bianco y yo mismo, sin abrir la boca. Siempre creí que también estaba allí Julio Cortázar, quien había llegado a Buenos Aires en esos días. Fuentes me ha corregido la memoria: no era Cortázar sino Francisco Petrone, el actor argentino por quien él sintió desde el principio una admiración que nunca declinó. En Buenos Aires acabábamos de leer Aura y ya habíamos releído La región más transparente . A todos nos parecía imposible que alguien tan joven fuera a la vez tan maduro, tan dueño del instrumento que tañía y, a la vez, tan sabio, con un sentido del humor tan veloz. Fue la primera vez que lo oí hablar de un proyecto de varias novelas sobre dictadores, compuestas por los jóvenes recién llegados a la literatura latinoamericana, cuyo irónico título común debía ser Los padres de la patria . Allí mismo trató de convencer a Roa Bastos para que se hiciera cargo del volumen dedicado al doctor Francia y a Bianco para que se ocupara de Rosas o de Perón. Bianco contestó, con aterrada cortesía, que la novela histórica no le interesaba pero que de todos modos iba a pensarlo. Roa estaba metido de narices en los libretos de cine con los que se ganaba la vida y la idea de Yo el Supremo , que ni siquiera le rondaba por la cabeza, brotó tal vez de aquella inesperada invitación. Fuentes reclutaba adictos por todas partes: en Chile había convencido (o al menos así lo creía) a José Donoso para que escribiera sobre Balmaceda y a Jorge Edwards para que se ocupara de Melgarejo. ...l mismo hablaba con fruición de la enorme novela que pensaba consagrar al dictador Antonio López de Santa Anna, héroe de Tampico y de El Álamo, quien había enterrado con increíble pompa, hacia 1838, la pierna perdida mientras disparaba sus cañones contra la flota francesa en Veracruz.
 
En un continente provinciano, que canonizaba el regionalismo y abjuraba -todavía, a un año apenas de su consagración en Formentor- de los espejos y laberintos de Borges, a la vez que ignoraba (o simulaba ignorar) la voz en sordina de Rulfo, las pesadillas de Felisberto Hernández y el barroquismo elegante de Alejo Carpentier, Fuentes fue el primero que se propuso imponer a la narrativa latinoamericana la conciencia de que era única, universal, libre de falsas tradiciones telúricas y de fantasmas campesinos; el primero que la salvó de su secular complejo de inferioridad y la forzó a respirar el oxígeno del mundo. A él, más que a ningún otro, se debe la idea de que el lenguaje común y la naciente fe común en América latina podía convertir el continente en el laboratorio de un mundo mejor.
 
Para los argentinos, que llevábamos décadas oyendo hablar, con supremo engolamiento, de las esencias "invisibles" de la nacionalidad, y que nos habíamos pasado los últimos años discutiendo, con toda seriedad, si escribir no era un modo de conjurar el terror que nos imponía "el silencio de Dios", las implacables reflexiones sobre lo mexicano que Fuentes ponía en boca de sus personajes, como quien no quiere la cosa, vertían sobre nosotros una naturalidad y un aire fresco con el que lavábamos el almidón de nuestros próceres literarios. Recuerdo la marca de fuego que nos había dejado en la imaginación la divisa de Ixca Cienfuegos, uno de los inolvidables personajes de La región más transparente : "Sé tú mismo, con todas las condiciones de tu vida", y también el entusiasmo con que se la repetí a Fuentes aquella tarde, en el balcón de Buenos Aires.
 
Volví a encontrarlo muchas otras veces en los años que siguieron, tanto en su casa de Hampstead, Londres, como en la que le alquiló al novelista James Jones en la isla de Saint-Louis, París; durante el festival de Cannes de 1975 y en la embajada de México ante el gobierno de Francia, donde tuvo la generosidad de cobijarme algunos días cuando yo, exiliado reciente, andaba en busca de un país al que huir de la barbarie argentina. Luego nos vimos en nuestras propias casas vecinas de Washington, durante las semanas en que ambos coincidimos como fellows del Wilson Center, y hasta en algún desayuno en el hotel Carlyle de Nueva York, mientras él corregía las pruebas de la edición norteamericana de Cristóbal Nonato . Y tres o más veces por año en el ya difunto hotel Delmónico de Manhattan o en las asambleas del Foro Iberoamérica. En cada una de esas ocasiones sentí que estaba ante una inteligencia única, siempre en guardia, y ante un ser humano generoso con sus dones e insólitamente generoso en el reconocimiento de los dones ajenos.
 
Uno de los placeres de su compañía son sus infatigables juegos intelectuales, que pueden aludir a una novela perdida del perdido Halldór Laxness o a versos de juventud de José Gorostiza, Salvador Novo y Jaime Torres Bodet: lo he oído enhebrarlos y entreverarlos al azar, hacia arriba y abajo, hasta componer la música de un poema que es de ninguno de los tres. Lo he oído también improvisar corridos mexicanos sobre el tema que se le pusiera por delante, sin vacilar en las rimas ni en las cadencias, con un arte que resucita a los rapsodas griegos y -en versión menos educada- a los payadores argentinos o a los albureros de su país natal.
 
Cada nuevo libro de Fuentes ha sido siempre una sorprendente aventura verbal, en la que todo se pone a prueba: desde la estructura del relato hasta el incesante hacerse y deshacerse de los personajes. Esa búsqueda sin tregua lo ha llevado a defender otros osados experimentos narrativos como si en ello le fuera la vida, ya sea en la obra de Milan Kundera o en la de Paul Auster como en la de Gabriel García Márquez y la de Salman Rushdie. Esa pequeña comunidad internacional de revolucionarios del relato ha terminado por ser, también, una comunidad que está enseñándole al mundo a imaginarse y a leerse de otro modo. Y la increíble respuesta no es ya el interés, el respeto, la adicción o la indiferencia que siempre se ha dispensado a los escritores. En este caso hay también devoción.
 
Fuentes es, por un lado, un personaje seductor, hacia quien -dondequiera esté, y con frecuencia muy a su pesar- apuntan los reflectores de la fama, y por el otro, un novelista disciplinado, extremadamente laborioso, que jamás ha querido hacer concesiones a la comodidad del lector o a las exigencias del mercado. Narrador refinado, casi de culto (como en los años 50 lo fue Julio Cortázar y en los 90, W. G. Sebald), él mismo definió en una de sus obras, Cristóbal Nonato , el abismo que media entre el convencional "lector" y el "elector" inteligente. Aunque sus ficciones venden miles de ejemplares - y aun algunas de las más complejas, como La muerte de Artemio Cruz, Terra Nostra y Los años con Laura Díaz , llegan a varios cientos de miles- , leer a Fuentes es una ceremonia de encantamiento privado, en la que "hay que dejarse caer hasta el fondo de uno mismo", como solía decir Ixca Cienfuegos. El influjo ejercido por su obra tiene que ver no solo con la radiante fascinación de su escritura y la imponencia de sus temas, sino también con la nobleza de sus ideas. En las nervaduras que van uniendo una ficción de Fuentes con otra, se observa siempre la misma voluntad por desenmascarar la hipocresía, comprender y aceptar la infinita diversidad de la especie, poner en evidencia las irrisiones de los dogmas y de los prejuicios.
 
La memorable experiencia de oír a Fuentes hablando en Rosario sobre la historia mestiza de la lengua castellana quizá solo sea comparable a la de su discurso en Alcalá de Henares, cuando recibió el premio Cervantes 1987. Las dos veces, Fuentes rescató -enriqueciéndolas- algunas de las ideas a las que no ha cesado de ser fiel desde que se las oí por primera vez, en el mítico balcón de Buenos Aires: las que definen a la novela como un género inseguro, contaminado, en perpetua situación de búsqueda, y a sus artífices como seres insumisos, incómodos, a los que el poder oirá siempre con temor y desconfianza. O bien las que convocan a la unidad de las Españas dispersas y a la aceptación de una identidad cristalizada por la historia y por la lengua.
 
Aunque Fuentes haya negado, una y otra vez, los dones de profecía que se atribuyen a sus novelas -sobre todo a dos de las más extensas, Terra Nostra y Cristóbal Nonato - , y prefiera decir que quien asume el riesgo de imaginar puede, a veces, crear involuntariamente un cierto futuro, su enorme talento de observador para vislumbrar los horizontes de la pasión humana convierte sus conjeturas literarias en adivinaciones certeras de lo que está por venir.
 
Recuérdense las últimas páginas de Terra Nostra , en las que el planeta exhibe sus llagas milenaristas. Cuando quince años después Fuentes repasó esos problemas en el discurso que pronunció en México durante el llamado Coloquio de Invierno, pudo verificar que algunos de los vaticinios ya estaban allí. Los temores del pasado están regresando -dijo-: los ídolos de las tribus, el fanatismo, la supresión de la crítica. Al mismo tiempo, sin embargo, la sociedad civil se expresa, "de abajo arriba y de la periferia al centro", algo inédito en países donde las cosas sucedían a la inversa. El mundo se ha tornado peligroso -confirmó-, pero América latina, por el hecho mismo de que su identidad ha sido construida sobre la diversidad, está destinada a ser la mediadora ejemplar entre "economía global y nacionalismos resurrectos, separatismos y balcanizaciones políticas, multipolaridad y unipolaridad, norte contra sur". Dado que América latina no tiene una uniformidad racial que proteger ni tradiciones imperiales que preservar; puesto que su riqueza básica es la imaginación y su destreza mayor la libertad para usarla, está en condiciones de aportar las ideas que hacen falta para engendrar un mundo donde la libertad no esté reñida con la justicia. Parecería utópico atribuir ese papel transformador a comunidades aún empobrecidas, afligidas por dictaduras y agobiadas por índices alarmantes de analfabetismo y de mortalidad infantil. Y sin embargo, América latina es el lugar mejor preparado para conferir un nuevo sentido a los ciclones de la historia.
 
En un comienzo de milenio donde los intelectuales se jactan de su cinismo y suponen que las tragedias de la condición humana deben abandonarse a los predicadores, Fuentes es de las pocas grandes voces que siguen creyendo en el poder liberador de la imaginación y de la cultura. Cada uno de sus libros es un acto de fe en el hombre, una deslumbradora piedra en la interminable edificación del mundo. Por eso no dejará de ser oído ni leído: porque desde el principio de los tiempos, la especie no ha sabido vivir en paz sin que un virtuoso le cuente historias en las que todo vuelve a comenzar. 
 By  Tomás Eloy Martinez - (Publicado en La Nacion - Sábado 05 de abril de 2008 )
Publicado en MEDIOS
Miércoles, 16 Mayo 2012 00:21

Murió el escritor mexicano Carlos Fuentes

El escritor mexicano Carlos Fuentes, destacado intelectual del boom de la literatura latinoamericana, conocido tanto por su prolífica obra como por su activismo político, murió el martes en Ciudad de México a los 83 años, despertando una ola de reacciones en el mundo.


"Carlos Fuentes falleció hoy, martes 15 de mayo, en el Hospital Ángeles del Pedregal (en el sur de la capital mexicana), a los 83 años", dijo el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) de México en un comunicado.
El escritor falleció en el hospital a las 12H15 locales (17H15 GMT), tras sufrir en su casa durante la madrugada "una hemorragia grave del tubo digestivo" que le provocó un "estado de shock hipoglucémico e insuficiencia respiratoria", dijo el médico que lo atendió, Arturo Ballesteros, en una conferencia de prensa.
El presidente mexicano Felipe Calderón se refirió a su muerte en la red de microblogs Twitter. "Lamento profundamente el fallecimiento de nuestro querido y admirado Carlos Fuentes, escritor y mexicano universal. Descanse en paz", dijo.
Uno de los nombres más importantes de la literatura latinoamericana desde que publicó "La región más transparente" en 1958, Fuentes recibió las más prestigiosas distinciones de la literatura en castellano: el Premio Cervantes (1987), el Príncipe de Asturias (1994), el Biblioteca Breve (1967) y el Rómulo Gallegos (1977).
Sin embargo, nunca ganó el Nobel de Literatura, aunque durante años se lo mencionó como candidato.
Su última distinción fue el doctorado Honoris Causa de la Universidad de las Islas Baleares, España, anunciada el lunes.
Hijo de un diplomático mexicano, Fuentes nació el 11 de noviembre de 1928 por azar en Panamá y pasó sus primeros años en Quito, Montevideo y Rio de Janeiro, hasta establecerse durante su educación primaria en Estados Unidos, alternándola con vacaciones en México, donde impulsado por su padre afianzó su español y la defensa de sus raíces mexicanas.
Escritor y diplomático, embajador en Francia en los años 1970, Fuentes, explicó en 2009 en el Salón del Libro en París, que su elección de escribir en español se debió a que "había cosas que no podían decirse más que en español. Había una especie de tierra virgen para el escritor".
Entre sus obras más reconocidas están "La muerte de Artemio Cruz" (1962); "Aura" (1962); "Terra Nostra" (1975) y "Gringo Viejo" (1985).
La directora de la Feria del Libro de Guadalajara, Nubia Macías, reveló a la AFP que Fuentes tenía previsto dos nueva novelas en la próxima edición de este evento, a finales de noviembre y principios de diciembre.
"Quería presentar dos libros nuevos que quería sacar, uno que está por aparecer estos días, y otro que estaba terminando", explicó Macías.
El cuerpo de Fuentes iba a ser velado en la noche del miércoles por su familia en un lugar que no fue revelado y el miércoles se le rendirá un homenaje de cuerpo presente en el Palacio Nacional de Bellas Artes de Ciudad de México, anunció el INBA.
Su amigo, el Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, lamentó la muerte del escritor en un texto en Twitter difundido por su hija Morgana.
"Me ha dado mucha pena enterarme de la muerte de Carlos Fuentes. Lo conocí hace cincuenta años y fuimos amigos todo este tiempo sin que nada, nunca, empobreciera esa amistad", dijo.
"Deja una obra enorme que es un testimonio elocuente de todos los grandes problemas políticos y realidades culturales de nuestro tiempo. No sólo sus amigos sino muchísimos lectores lo vamos a extrañar", añadió.
A Fuentes lo sobrevive su esposa, la periodista mexicana Silvia Lemús, con quien se casó en segundas nupcias en los años 1970, unión de la que nacieron sus hijos Carlos Rafael, que padecía hemofilia y murió en 1999 a los 25 años, y Natasha que falleció años después a los 32 años por causas desconocidas.
Las muestras de respeto se sucedieron tras el anuncio de su muerte. "SILENCIO, POR FAVOR: Mi gran amigo CARLOS FUENTES se fue", escribió en Twitter la cantante mexicana Chavela Vargas.
El presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, con quien Fuentes conversó en en febrero en Cartagena sobre la despenalización de las drogas ilícitas como medida para debilitar a los cárteles narcotraficantes, también lamentó su partida. "Como nos duele también la muerte del amigo y escritor Carlos Fuentes. Gran perdida para el mundo entero", dijo en Twitter.
El escritor mexicano Xavier Velasco, premio Alfaguara 2003, recordó el entusiasmo y generosidad del escritor en una entrevista en Milenio Televisión, en la que contó que recientemente cenó con Fuentes y su esposa en la casa del escritor en el sur de Ciudad de México. "Nos reímos mucho, nos emborrachamos un poco y fue como siempre muy generoso", dijo.
"Era muy entusiasta y muy generoso, ya no va a haber intelectuales como Carlos Fuentes. Creo firmemente que es el novelista más grande que ha dado México y tenía además el mejor sentido del humor", dijo.
"La sonrisa de Carlos Fuentes la tendré enfrente de mí siempre, y creo que justo ahora se está riendo de nosotros", agregó.
La presidenta del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) de México, Consuelo Sáizar, fue aún más enfática: "Su ausencia sacude a la patria de la 'ñ'. Gracias por sus letras y su pensamiento. ¡Adiós Maestro!".
El escritor mexicano Carlos Fuentes, destacado intelectual del boom de la literatura latinoamericana, conocido tanto por su prolífica obra como por su activismo político, murió el martes en Ciudad de México a los 83 años, despertando una ola de reacciones en el mundo.
By AFP - Jennifer González y Pablo Pérez

 

Publicado en LITERATURA
El mexicano Carlos Fuentes formó parte del fenómeno editorial conocido como “boom” latinoamericano, que tuvo lugar entre los años 1960 y 1970. Junto al colombiano Gabriel García Márquez, a nuestro Julio Cortázar, al peruano Mario Vargas Llosa y al chileno José Donoso, revolucionó las letras con su trabajo exquisito y experimental.
 
Hoy, Fuentes sigue siendo un escritor pródigo en obras y en análisis de la realidad continental. La semana pasada fue, junto a Eduardo Galeano, el principal invitado en la Feria del Libro de Buenos Aires. Vino a presentar sus dos últimos libros, “La gran novela latinoamericana” y “Carolina Grau”, ambos de Alfaguara. Antes de los actos oficiales ofreció una conferencia de prensa para unos pocos medios, entre los que estuvo El Tribuno.
 
 
El autor de “La muerte de Artemio Cruz” y “La región más transparente”, ganador del Cervantes en 1987 y del premio Príncipe de Asturias en 1994 y en 2009, habló, entre otras cosas, de la novela latinoamericana, de las urgencias de los escritores contemporáneos, de las democracias en nuestro continente, de su amistad con García Márquez y Cortázar, y de la tumba que lo espera en el cementerio de Montparnasse.
 
 
En “La gran novela...” habla de la potencia de este género, en un momento en que otros hablan de su muerte. ¿Por qué el optimismo?
La novela debió estar muerta hace mucho tiempo. La tendría que haber matado la prensa, la radio, la televisión, el cine, los medios modernos... Pero no ha muerto porque la novela dice lo que no puede decirse de otra manera. “Crimen y castigo” (Dostoievski) era una noticia breve de la prensa, sobre un caso real. “Rojo y negro” (Stendhal), también. Si nos quedamos en la pequeña noticia periodística, la historia pronto se olvida. No sucede eso si interviene la imaginación y la recreación de un novelista.
 
 
¿Cómo eligió a los escritores que integran este mapa de la novela latinoamericana?
 
No es una enciclopedia, es un repaso personal. Yo hablo de lo que he leído y de lo que me interesa. Sé que hay ausencias. Algunas porque me chocan los autores, no me gustan; otras porque no los he leído. “La gran novela...” es un ensayo de mis lecturas.
¿Cómo ve las democracias latinoamericanas, teniendo en cuenta esto de que el novelista cuenta lo que no se puede decir de otro modo?
Uno escribe independientemente del régimen político. Hay quienes dicen “necesitamos dictaduras para escribir bien”, y en cierto modo es cierto. Es más fácil escribir contra una dictadura que en democracia. Pero creo que hoy, la mayoría de los países latinoamericanos podrían calificarse de democráticos. Algunos están en evolución y, aunque hace 20 o 30 años hubieran apelado al golpe de Estado, hoy ya no. Se han abierto muchos caminos de conducta política, en contextos de diferentes grados de democracia.
 
 
 
Hace muy pocos días una periodista mexicana, Lydia Cacho, advirtió que algunos de los carteles de la droga están llegando al noroeste argentino. ¿Cuál es su análisis?
  
Este es un problema muy grave en México y en el mundo. Subrayo “en el mundo” porque uno podría pensar en políticas de despenalización locales. Pero, por ejemplo, si México despenalizara, toda la droga se iría a mi país. Es decir que es un problema internacional. Mientras no se llegue a un acuerdo, no se puede llegar a ningún resultado. Hace falta consenso para la regulación de la droga, de otra manera no se puede contra ella, ni siquiera actuando bilateralmente.
 
En referencia a su país, donde habrá elecciones presidenciales en julio, Fuentes fue lapidario: “Los tres candidatos me parecen mediocres, no ofrecen novedades. Yo hubiera apoyado al actual jefe del Distrito Federal, el izquierdista Marcelo Ebrard, pero no pasó a las generales”. Y amplió su mirada sobre la realidad política continental.
 
Una vez dijo que los gobiernos latinoamericanos no están fundando propuestas diferentes a las europeas. ¿Es una visión determinista?
  
No, para nada. Simplemente, las sociedades se han desarrollado más que los Estados en América Latina. Y, a veces, las respuestas de los gobiernos son muy inferiores a las demandas de la sociedad.
Hay sociedades muy pujantes. México es un ejemplo. Allí tenemos 50 millones de personas menores de 30 años. Ningún candidato a la presidencia está hablando de ellos. La política tiene que ponerse a la altura de la sociedad, y no a la inversa. América Latina tiene una continuidad cultural extraordinaria que no se corresponde a la discontinuidad política y económica. Cuando unamos estos dos factores vamos a ser una gran potencia.
Usted tuvo una infancia y una adolescencia bastante trashumante, debido a la profesión de su padre. ¿Cómo lo afectó eso?
Mire, hay muchas maneras de vivir la vida. Yo tuve esa infancia trashumante en que lo primero que aprendí fue a adaptarme a las escuelas, a los nuevos compañeros, a los maestros, a los idiomas de los países adonde iba. Agradecí esto, porque me tocó vivir el nuevo trato de Franklin Roosevelt, a Lázaro Cárdenas en México, al Frente Popular en Chile... Adquirí también una temprana conciencia política, porque mi padre me admitía en las conversaciones de los grandes. De manera que no hay mandamientos. Depende de quién es la persona, cómo aprovecha el tiempo y sus circunstancias. Por otro lado, mantuve a mis viejos amigos. No sé qué fue de las niñas bonitas de mi escuela primaria en Washington; las queríamos mucho pero ahora deben tener unos 80 años. Ojalá se mantengan guapas como eran entonces.
¿Cree que las urgencias de los escritores actuales son muy diferentes a las de su generación?
Hoy ha crecido la cantidad de escritores en América Latina. En el “Boom” éramos diez; en la actualidad hay cientos y la temática es muy diversa. Los del “boom” sentíamos una obligación de contar lo que no se había dicho sobre la historia, pero la generación actual escribe de veinte mil asuntos: de su vida familiar, divorcios, ocupaciones, pesadillas... Pero no hay tema banal si el escritor es bueno.
Entonces no podemos esperar un nuevo “boom” latinoamericano...
No, ya no volverá a existir, a menos que se mueran todos y queden seis.
¿Cuáles son los temas que aborda su nuevo libro, “Carolina Grau”?
Hay un tema muy evidente que es que Carolina Grau, una única mujer protagonista de ocho cuentos diferentes en los que a veces aparece como sirvienta, a veces es una diosa indígena, a veces una mujer de ciencia... Va transfigurándose. Es un juego que hago porque quería pasar de la formalidad de la novela y el cuento a un cuento-novela o novela-cuento.
 
 Aquellas salidas con García Márquez y Cortázar 
Carlos Fuentes mueve efusivamente las manos mientras habla, como dibujando en el aire los geniales personajes que, a pedido, rescata del pasado.
 Es amigo de García Márquez y de Vargas Llosa. ¿Alguna vez se reunieron los tres?
Sí, hace mucho tiempo. Celebramos un Año Nuevo en Barcelona, en casa de José Donoso. Eran otros tiempos. ­Qué lástima! Me da mucha pena porque la distancia derivó de malos entendidos.
En 1968, Fuentes viajó a Praga con Cortázar y García Márquez, invitado por Milan Kundera. Checoslovaquia quiso hacer de cuenta esa vez que la invasión rusa no había ocurrido y siguió adelante con la Primavera de Praga. “Llegamos en medio de un frío escandaloso.
Pronto nos dimos cuenta de que había un divorcio entre el sistema totalitario y la sociedad. Pero igual nos divertimos. García Márquez se fue a escuchar música sinfónica, Cortázar, jazz. Y a mí me dijeron: "Tú Carlos, les hablas a los obreros'”, recuerda risueño.
El mexicano está escribiendo otro libro, “Federico en su balcón”, basada en Federico Nieztche. “Dios decide darle una segunda oportunidad y lo regresa a la tierra”, adelanta. Para el final, Fuentes deja una confesión: hay una lápida con su nombre, con fecha de nacimiento y puntos suspensivos, en el cementerio parisino de Montparnasse, donde están Cortázar, Porfirio Díaz, Sartre y Beauvoir. “Tengo un monumento muy bonito esperándome”, dice con calma.
Publicado en LITERATURA
Martes, 01 Mayo 2012 13:57

Carlos Fuentes en la Feria del Libro

 

Mañana se presentará en la Feria del Libro para dar una clase magistral. De 83 años, no deja pregunta sin responder ni les escapa a las definiciones. Carlos Fuentes, el escritor mexicano autor de La muerte de Artemio Cruz, Gringo viejo y Terra Nostra, no vacila en señalar que hay que tener una política de "libre importación y exportación de libros", que "en todos los países hay corrupción, el problema es cómo se la controla, se la limita y se la castiga", y que la educación es el desafío principal que enfrenta América latina.
El ganador de los premios Cervantes, Príncipe de Asturias y Rómulo Gallegos, y del cual acaba de publicarse La gran novela latinoamericana y se editará próximamente el libro de relatos breves Carolina Grau, señaló, durante una entrevista con LA NACION, que una democracia se mide por la forma en que tanto quien ejerce el poder como quienes piensan diferente "tienen la posibilidad de expresarse" y que es fundamental "que un gobierno tenga una voz que le indique si va bien o si va mal".
Esta es una síntesis del diálogo con el gran escritor mexicano:

-Su visita coincide con los 50 años de la aparición de la novela La muerte de Artemio Cruz, un libro que trata sobre el poder y la corrupción en el México de antes y después de la revolución. Pero son dos temas muy vigentes.
-En todas partes hay corrupción, no hay un país que no la tenga. Es universal. El problema es cómo se la controla, se la limita y se la castiga. Hay países que la controlan bien, y otros mal. Países que tienen mayor tradición de honestidad, otros menos... México era un país de una gran corrupción y con la democracia se introdujeron leyes e instituciones que la han frenado, pero hasta cierto punto.
- En otro libro suyo, Adán en edén , el tema central es el poder del narcotráfico. Usted sostiene que lo mejor para la región es despenalizar la droga. ¿Por qué?
-Bueno, usted sabe que yo integro una comisión organizada por los ex presidentes Zedillo, Cardoso y Gaviria, que está luchando por la despenalización, porque nos hemos dado cuenta de que la política de represión sólo genera más criminalidad. El gobierno del presidente Calderón se empeñó en una política que no ha hecho más que darles mayor poder a los grandes zares de la droga. Esa política ha fracasado, y hay que buscar otra. Y la única que se me ocurre es la de la despenalización paulatina. Se puede empezar con la marihuana, con algunas pocas drogas, pero el hecho es comenzar una campaña y universalizar ese concepto. Por el momento, no veo otra salida. No es perfecta, pero si tomamos el ejemplo de Franklin Roosevelt y el alcohol en los Estados Unidos, en el momento en que se permitió a la gente que se emborrachara, hubo borrachos, pero lo que ya no hubo fue Al Capones? eso se acabó. Entonces, hay un camino, que tiene peligros, que no es perfecto, pero que es mejor que el actual.
-Es una posición que puede generar mucha controversia. ¿Es consciente de eso?
-Claro, como no, pero hay gente que vive de la droga. Mire usted quiénes son los que distribuyen y consumen la droga. En los Estados Unidos, que es el principal mercado, nadie lo sabe. Toda la culpa está del lado mexicano, de quienes la distribuyen, la ofrecen, compran las armas, pero una vez que la droga cruza la frontera, la bendice el Espíritu Santo, porque entonces, ya entonces, todo pasa a ser inocente. No hay quienes la distribuyan, la consuman... no sabemos nada. Allí hay un problema muy difícil para Calderón y Obama y quienes los sucedan: tratar este tema como un problema bilateral, y que hasta ahora se ha tratado como unilateral.
- El problema de la droga parece trascender cuestiones localizadas como México y Colombia y se extiende por la región. Eso se está viendo en la Argentina. Los carteles buscan otros países para realizar sus actividades.
-Por supuesto, claro, pero que no sea el mío. Se trata de un problema mundial, pero entonces empecemos por nuestro propio patio.
- ¿Qué opina del nivel de violencia que se vive en la región?
-Es justamente una violencia muy ligada a la droga. Podría haber soluciones y no se toman. Las instituciones se corrompen y mucha gente sin capacitación suficiente es captada por el negocio. Eso es quizás lo más dramático. En México, hay 50 millones de muchachos menores de 30 años, que si no tienen otras oportunidades se van a ir a la droga. El problema consiste entonces en ofrecer oportunidades. En todos nuestros países se necesita obra pública, transportes, comunicaciones, hospitales, escuelas... y no se han hecho programas que encaminen a esos jóvenes en esas actividades productivas, que buena falta nos hacen, porque en todas esas áreas estamos retrasados. Entonces para ellos no parece haber otra solución que volcarse al crimen. Lo que llamamos en México los jóvenes "ni-ni", ni estudian ni trabajan.
- Como hombre de la literatura, ¿lo preocupa la reciente iniciativa del gobierno argentino de poner trabas a la importación de libros? Se adujo que era porque el plomo de la tinta resulta peligroso.
-[Extrañado] ¿De todos los libros del mundo? Válgame Dios? Yo creo que debe haber una libre circulación de libros, en todo el mundo, sin restricción alguna. Finalmente los lectores somos muy pocos, frente a quienes ven programas de televisión o apelan a otros medios modernos de comunicación, de manera que no pasa nada si se permite una gran circulación, no va a aumentar de manera exagerada el número de lectores. En cambio, los lectores la van a aprovechar para crear una tradición y tener una mejor educación. Hay que tener una política de libre importación y exportación de libros. Además, el libro argentino es muy exportable, lo hemos leído siempre, y no se puede caer en la tentación de prohibir para ser prohibido. Porque puede haber también medidas de represalia. Es una política mala.
- En algunos países de América latina también ha habido una ofensiva contra la libertad de expresión. ¿Qué reflexión le merece esa postura?
-En principio, ningún gobierno es muy simpático con la libertad de expresión. Porque quiere que su expresión y su razón sea la que prive, pero la democracia consiste precisamente en eso, en que frente a las razones del gobierno puedan aducirse las razones de la oposición, de la ciudadanía, de los que piensan de otra manera. Una democracia se mide de la manera en que tanto el gobierno como los que piensan diferente tienen la posibilidad de expresarse. La libertad está en peligro en cualquier lugar del mundo. Y es fundamental que un gobierno tenga siempre una voz contraria que le indique si va bien o va mal. Yo vengo de un país donde no hubo libertad de prensa durante muchas décadas, durante los gobiernos del PRI, y ahora la tenemos. Pero nos costó mucho. Y es una conquista que hay que ganar y luego defender constantemente.
- ¿Cree que los gobiernos de la región hacen lo suficiente por la educación?
-Si usted me pregunta cuáles son los tres problemas principales de América latina yo le diría: uno, educación; dos, educación, y tres, educación. De ahí viene todo lo demás, el conocimiento, el consumo, la información, todo. Hay que ver el largo plazo. Si no se le proporciona educación, la gente se quedará en su situación actual, y no es lo que queremos en democracia. Puede ser que un régimen tiránico esté contento con que la gente esté siempre sometida y silenciosa, pero en uno democrático, se trata de que la gente ascienda. La grandeza de los Estados Unidos es que abrió las puertas para el ascenso social. La gente sabía que podía llegar como inmigrante a Nueva York y que su nieto podía ser presidente. Estas oportunidades, esa esperanza, no hay que cerrarlas nunca. Y lo único que las abre es la educación. Sin educación no hay esperanza. Y puede haber una economía próspera, pero sin educación, va a dejar de ser próspera en poco tiempo. Repito: la educación es la base de todo.
-¿Cómo ve la literatura latinoamericana actual?
-Me parece un presente muy rico. Creo que ha habido una sucesión de autores muy interesantes. La poesía tuvo un papel muy importante. Darío, Neruda, Huidobro, Vallejo fueron los que nos enseñaron a emplear mejor el lenguaje, a salir del naturalismo chato, plano, de algunas novelas del siglo XIX y principios del siglo XX. Hay una revolución que encabezaron Borges, Carpentier, Lezama Lima, Rulfo, y que se continúa con el famoso boom, y luego hubo un miniboom y un posboom, y luego el boom, boom, boom que es un gran bombardeo de grandes autores. Es decir, la literatura latinoamericana por su diversidad, su tamaño y sobre todo su calidad ya pertenece a la gran literatura mundial.
EL PERFIL
CARLOS FUENTES 
Escritor mexicano 
Obras: La muerte de Artemio Cruz, La cabeza de la hidra, La gran novela latinoamericana, entre otras.
Edad: 83 años
Origen: México
DIXIT
"Es fundamental que un gobierno tenga una voz que le indique si va bien o va mal"
"En México la represión a la droga sólo ha generado más criminalidad"
"Los tres problemas principales de América latina son: uno, la educación; dos, la educación, y tres, la educación".

 

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